DRAMATICO TESTIMONIO DE UN PERIODISTA DE SRI LANKA ANTES DE SER ASESINADO

May 132009

El texto que sigue es realmente un documento conmovedor del ejercicio del periodismo den varias partes del mundo y una necesidad de mirar con atencin las graves dificultades del ejercicio de este oficio que requiere hoy mas que nunca garantas para su seguro desempeo en favor de democracias mas prsperas y respetuosas.

 

Lasantha Wickrematunge, el periodista de Sri Lanka que ha ganado póstumamente el Premio Mundial de Libertad de Prensa de la UNESCO 2009 esperaba su asesinato. Al punto de que había escrito un editorial para que se publicara después de su muerte. Su diario, el Sunday Leader, lo publicó el 11 de enero de 2009, tres días después de su asesinato. En su editorial, reproducido aquí, Wickrematunge resaltó su compromiso y su disposición a dar la vida por la libertad de expresión.

Y al final vinieron a buscarme a mí 

Ninguna profesión exige a quienes la ejercen dar la vida por ella, salvo la militar y, aquí en Sri Lanka, el periodismo. En los últimos años, los medios informativos independientes han sido objeto de atentados cada vez más numerosos. Órganos de la prensa electrónica e impresa han sido víctimas de incendios, atentados con bombas, cierres y coacciones. Un sinnúmero de periodistas han sido acosados, amenazados y asesinados. Hoy, me honra poder decir que he pertenecido a esas tres categorías, especialmente a la última de ellas. 

Trabajo en periodismo desde hace ya mucho tiempo. En efecto, The Sunday Leader va a cumplir ahora, en 2009, quince años. En todo ese tiempo han sido muchas las cosas que han cambiado en Sri Lanka, y no preciso decirles que la mayor parte de esos cambios han sido para peor. Nos hallamos sumergidos en una guerra civil implacable, en la que la sed de sangre de sus protagonistas no conoce límites. El terror, ya sea obra de los terroristas o del Estado, está al orden del día. El asesinato se ha convertido en el instrumento predilecto del Estado para tratar de controlar los órganos garantes de la libertad. Hoy les toca los periodistas, mañana les llegará el turno a los jueces. Ninguna de estas dos profesiones ha corrido nunca un riesgo más alto que ahora, y nunca tampoco se apostó menos por la vida de quienes las ejercen. 

¿Por qué ejerzo el periodismo, entonces? A menudo me lo pregunto. Al fin y al cabo, estoy casado y soy padre de tres maravillosas criaturas. También tengo responsabilidades y deberes que trascienden mis obligaciones profesionales, ya sea como jurista o como periodista. ¿Vale la pena que me arriesgue? Muchos me dicen que no. Algunos amigos me dicen que vuelva a ejercer la abogacía, y bien sabe el cielo que ésta ofrece medios de existencia mejores y más seguros. 

Otros, incluidos algunos líderes políticos de ambos bandos, han tratado de inducirme a meterme en política, llegando hasta ofrecerme el ministerio que yo eligiera. Algunos diplomáticos, sabedores del riesgo que corren los periodistas en Sri Lanka, me han ofrecido un salvoconducto y el derecho a residir en sus países. En la vida han podido faltarme muchas cosas, pero no la posibilidad de elegir. 

Sin embargo, hay un imperativo por encima de los altos cargos, la fama, el lucro y la seguridad: el imperativo de la conciencia.  Nuestro diario, The Sunday Leader, ha suscitado muchas controversias porque en él llamamos al pan, pan y al vino, vino. Un robo o un asesinato los designamos como tales y no nos escudamos detrás de eufemismos. Los artículos de investigación publicados se basan en pruebas documentales, obtenidas gracias al espíritu cívico de ciudadanos que corren un gran peligro al suministrárnoslas. Hemos puesto al descubierto un escándalo tras otro y, en los quince años de existencia del periódico, no sólo no se ha podido probar una sola vez que no teníamos razón, sino que tampoco prosperó ninguna acción judicial interpuesta contra nosotros. 

Los medios informativos son un espejo en el que la sociedad puede contemplarse sin rímel ni gomina. Por nosotros se enteran ustedes del estado de la nación y, en particular, de cómo la administran las personas que eligieron para que sus hijos tengan un futuro mejor. A veces, la imagen contemplada en el espejo no es agradable. Pero mientras que ustedes pueden protestar sentados en una butaca en su hogar, los periodistas que sostienen levantado el espejo lo hacen públicamente, corriendo un gran riesgo. Lo hacemos por un imperativo profesional, que no eludimos en modo alguno. 

Todo periódico tiene un punto de vista propio y no ocultamos que nosotros también lo tenemos. Hemos contraído un compromiso con la causa de que Sri Lanka llegue a ser una nación transparente, laica, liberal y democrática. Reflexionen sobre estos cuatro adjetivos, porque todos ellos tienen un profundo significado. Transparente, porque el gobierno debe rendir cuentas abiertamente a la gente y no abusar nunca de su confianza. Laica, porque en una sociedad pluriétnica y multicultural como la nuestra, el laicismo ofrece el único terreno común susceptible de unirnos. Liberal, porque reconocemos que todos los seres humanos son diferentes y es preciso que aceptemos a los demás por lo que son, y no por lo que quisiéramos que fuesen. Y democrática, porque…, bueno, si necesitan que explique por qué es importante este último adjetivo, lo mejor sería que dejasen de comprar este periódico. 

En The Sunday Leader nunca hemos buscado la seguridad, expresando el punto de vista de la mayoría sin plantearnos interrogante alguno; lo cual es, reconozcámoslo sin ambages, el mejor medio de vender periódicos. Muy al contrario, como lo demuestran claramente nuestros artículos de opinión publicados año tras año, con frecuencia hemos expresado ideas que molestan a muchos. En varias ocasiones, por ejemplo, hemos sostenido que era importante erradicar el terrorismo separatista, pero que era aún más importante tratar sus causas profundas. Hemos exhortado al gobierno a afrontar el conflicto étnico de Sri Lanka, situándolo en su contexto histórico y no a través de la óptica del terrorismo. Hemos hecho una campaña contra el terrorismo ejercido por el Estado en la llamada “guerra contra el terror” y no hemos ocultado el horror que nos causa el hecho de que Sri Lanka sea el único país del mundo que bombardea periódicamente a sus propios ciudadanos. Por haber expresado estas opiniones nos han catalogado como traidores, pero si a esto le llaman ser traidor, llevaremos ese baldón con orgullo. 

Muchos sospechan que The Sunday Leader tiene un programa político. No es así. Si parece que criticamos más al gobierno que a la oposición, esto se debe solamente a que creemos que carece de interés criticar a los políticos que no están en el poder. Recuerden que en los pocos años de nuestra existencia en que gobernó el Partido de Unión Nacional (UNP), fuimos la más dolorosa espina que hubiera podido llevar clavada en su cuerpo, al denunciar los excesos y la corrupción siempre que se producían. Nuestra continua serie de revelaciones embarazosas contribuyó muy posiblemente a precipitar la caída de ese gobierno. 

Tampoco se debe interpretar nuestra animadversión por la guerra como un apoyo a los Tigres de Liberación de la Patria Tamil (LTTE). Esta organización es una de las más despiadadas y sanguinarias que jamás hayan infestado el planeta. Ni que decir tiene que debe ser erradicada. Pero tratar de hacerlo conculcando los derechos de los ciudadanos tamiles, bombardeándolos y ametrallándolos sin misericordia alguna, no sólo es una injusticia, sino también una vergüenza para los cingaleses. Este salvajismo, ignorado en gran medida por la población a causa de la censura, pone inevitablemente en tela de juicio el papel de custodios del dharma que los cingaleses reivindican. 

Por otra parte, la ocupación militar del norte y el este del país va a hacer que los tamiles de esas regiones vivan perpetuamente como ciudadanos de segunda clase, privados de toda autoestima. No vayan a imaginarse que será posible aplacar su ira por más “desarrollo” y “reconstrucción” que se les ofrezca en la posguerra. Las heridas infligidas por el conflicto dejarán cicatrices indelebles y habrá que afrontar una diáspora aún más llena de odio y amargura. Un problema que puede tener una solución política se convertirá en una llaga purulenta que alimentará conflictos ad aeternum. Si parezco enojado y decepcionado, esto sólo se debe a que la mayoría de mis compatriotas –y la totalidad del gobierno– están enceguecidos y no se percatan de las consecuencias funestas de esta política.  Como muy bien se sabe, he sido brutalmente agredido dos veces y en otra ocasión mi casa fue el blanco de disparos hechos con ametralladora. A pesar de las promesas hipócritas del gobierno, nunca se hizo una investigación policial concienzuda para averiguar quiénes perpetraron esos actos, y sus autores nunca fueron detenidos. En los tres casos, tengo motivos para creer que el instigador de esos atentados fue el gobierno. 

El día en que por fin me maten, el responsable de mi muerte será el gobierno.  Lo más irónico de todo es que el presidente Mahinda Rajapaksa y yo somos amigos desde hace más de veinticinco años, cosa que la mayor parte de la gente ignora. Creo, incluso, que soy una de las pocas personas que sigue llamándole por su nombre, utilizando el tratamiento familiar cingalés de oya cuando converso con él. Aunque no asisto a las reuniones que suele organizar periódicamente con los redactores en jefe de la prensa, casi nunca pasa un mes sin que nos veamos, en privado o con amigos íntimos, a altas horas de la noche en la residencia presidencial. En estas ocasiones nos contamos anécdotas, hablamos de política y bromeamos sobre los buenos tiempos pretéritos. Por eso, no está de más que le haga unas cuantas observaciones en estas líneas. 

Mahinda, cuando finalmente lograste abrirte camino para obtener en 2005 la candidatura a la presidencia por el Partido de la Libertad de Sri Lanka (SLFP), recibiste en estas columnas una acogida más cálida que en ninguna otra parte. En efecto, rompimos con una tradición de un decenio al llamarte no por tu apellido, sino por tu nombre simplemente. Era tan notorio tu compromiso con los derechos humanos y los valores liberales que te recibimos como quien respira una bocanada de aire fresco. Luego, en un acto temerario, te comprometiste en el escándalo de “Helping Hambantota”. Después de meditarlo mucho, acabamos por revelar lo ocurrido y te exhortamos a que devolvieses el dinero. Cuando lo hiciste, unas semanas más tarde, tu reputación ya había recibido un duro golpe. Hoy en día, aún estás tratando de que se olvide ese escándalo.  Tú mismo me has dicho que no habías anhelado la presidencia. No tuviste que anhelarla: cayó en tu regazo como fruta madura. Me has dicho también que tus hijos son tu mayor felicidad y que te encanta estar con ellos, dejando en manos de tus hermanos el funcionamiento de la maquinaria del Estado. Ahora todos van a ver claramente que esa maquinaria ha funcionado tan perfectamente que mis hijos y mi hija se han quedado sin padre.  Después de mi muerte, sé que harás todas las declaraciones hipócritas de costumbre y pedirás a la Policía que lleve a cabo una investigación rápida y exhaustiva. Pero, al igual de lo sucedido con todas las pesquisas anteriores, de ésta tampoco se sacará nada en limpio. A decir verdad, los dos sabemos quién habrá instigado mi muerte, pero no nos atrevemos a pronunciar su nombre. Pues no sólo mi vida depende de ello, sino también la tuya. 

Por desgracia, todo lo que ambicionabas en tu juventud para nuestro país ha quedado reducido a escombros en un lapso de tres años solamente. En nombre del patriotismo has pisoteado los derechos humanos, alimentado una corrupción desenfrenada y despilfarrado el erario público como ninguno de tus predecesores en la presidencia. Tu conducta se asemeja a la de un niño pequeño al que hubieran dejado solo en una tienda de juguetes. Esta comparación quizás no sea la más adecuada, porque ningún niño hubiera podido derramar tanta sangre como tú sobre esta tierra, ni tampoco perpetrar con los derechos cívicos el atropello que tú estás perpetrando. Aunque la embriaguez del poder te impida verlo ahora, llegará un día en que lamentarás el tener que dejar a tus hijos una herencia tan manchada de sangre. Eso sólo puede traer consigo tragedias. En lo que a mí respecta, tengo la satisfacción de ir con la conciencia tranquila al encuentro de mi Hacedor. Cuando te llegue por fin tu hora, espero que puedas tener esa misma tranquilidad de conciencia. Te lo deseo de verdad. 

Personalmente, me ufana saber que mi camino por la vida lo he recorrido con la cabeza alta, sin doblegar la cerviz ante nadie. Y ese camino no lo he andado solo. Me han acompañado en él colegas de otros sectores de los medios informativos. La mayoría de ellos ha sido asesinados o se hallan encarcelados sin que se les haya incoado proceso, o han tenido que exilarse a tierras lejanas. Otros caminan en las fúnebres tinieblas que tu presidencia ha arrojado sobre las libertades por las que luchaste antaño con tanto ardor. Nunca podrás olvidar que mi asesinato se ha perpetrado ante tus ojos. Por mucho que mi muerte te acongoje –y sé que te acongojará– no tendrás más remedio que amparar a mis asesinos y procurarás que los culpables no sean nunca condenados. No tienes otra alternativa. Me apena mucho por ti. En lo referente a tu esposa, Shiranthi, he de decir que tendrá que pasar mucho tiempo arrodillada cuando vaya a confesarse la próxima vez, no sólo de sus propios pecados, sino de los de su numerosa familia, que es la que te mantiene en el poder. 

A los lectores de The Sunday Leader, qué otra cosa puedo hacer sino agradecerles el apoyo que prestan a nuestra misión. Hemos abrazado causas impopulares, hemos defendido a los que eran demasiado débiles para hacerlo por sí mismos, hemos combatido de frente a los potentados ebrios de poder y olvidadizos de sus orígenes, hemos denunciado la corrupción y la dilapidación pública de las rupias ganadas con tanto esfuerzo por los contribuyentes, y hemos procurado que nuestros lectores oigan opiniones discrepantes de la propaganda oficial cotidiana. Mi familia y yo pagamos ahora el tributo por todo eso. Hace mucho tiempo que sabía que llegaría un día en que habría de pagarlo y, además, siempre estuve dispuesto a ello. No he hecho nada para impedir este desenlace: no he tomado medidas de seguridad, ni precauciones. Quiero que mi asesino sepa que no soy un cobarde como él, que se ampara detrás de una muralla de escudos humanos, condenando a muerte al mismo tiempo a miles de inocentes. ¿Quién soy yo en medio de todas esas víctimas? Está escrito desde mucho tiempo atrás que me van a quitar la vida y quiénes son los que me van a matar. Lo único que quedar por escribir es en qué momento lo harán. 

También está escrito que The Sunday Leader proseguirá su justo combate, porque yo no he luchado en solitario. Tienen que asesinar –y asesinarán– a muchos otros periodistas antes de que el Líder reciba sepultura. Espero que mi asesinato no se considere una derrota de la libertad, sino un estímulo para que los supervivientes redoblen sus esfuerzos. Espero también que contribuya a galvanizar las fuerzas que abrirán una nueva era de libertad humana en nuestra bien amada patria. Asimismo, espero que abra los ojos del Presidente y que éste se percate de la capacidad de resistencia y pujanza del espíritu humano, aunque se mate salvajemente a muchas personas en nombre del patriotismo. Esa capacidad no podrán aniquilarla todos los Rajapaksa juntos. 

A menudo la gente me pregunta por qué corro semejantes riesgos y me dice que mi eliminación es tan sólo una cuestión de tiempo. Por supuesto que lo sé: es inevitable. Pero si nos callamos ahora, no quedará nadie después para hablar en nombre de los que no pueden hacerlo, ya sean minorías étnicas, discapacitados o perseguidos. A lo largo de toda mi carrera en el periodismo, he tenido siempre presente el ejemplo del teólogo alemán Martin Niemöller. En su juventud fue antisemita y admirador de Hitler. Sin embargo, cuando el nazismo tomó el poder en Alemania, se percató de su verdadera naturaleza: Hitler no sólo quería suprimir a los judíos, sino a todos los que discreparan de su punto de vista. Niemöller no se calló y protestó. Por eso fue encarcelado desde 1937 hasta 1945 en los campos de concentración de Sachsenhausen y Dachau, donde estuvo a punto de ser ejecutado. Durante su encarcelamiento escribió el siguiente poema, que yo leí por primera vez en mis años de adolescente, y que quedaría grabado en mi mente para siempre: 

Primero vinieron a buscar a los judíos,  y callé porque no era judío.  Luego vinieron a buscar a los comunistas,  y no protesté porque no era comunista.  Después vinieron a buscar a los sindicalistas,  y callé porque no era sindicalista.  Y al final vinieron a buscarme a mí,  y entonces no quedaba ya nadie para protestar. 

Si de algo tienen que acordarse, acuérdense de esto: The Sunday Leader está a disposición de todos ustedes, ya sean cingaleses, tamiles, musulmanes, de castas bajas, homosexuales, disidentes o discapacitados. Su redacción seguirá luchando, sin doblegarse y sin dejarse intimidar, con el coraje al que les tiene acostumbrados. Pero no den por sentado este compromiso. No les quepa ninguna duda de que los periodistas no hacen sacrificios por su propia gloria o enriquecimiento, sino por ustedes. Que ustedes merezcan esos sacrificios, eso es otro asunto. En lo que a mí respecta, Dios bien sabe que he hecho cuanto he podido. 

Lasantha Wickrematunge