ES POSIBLE DERROTAR LA CORRUPCION

Jan 282009

There is a sense of failure among Latin American people on fighting corruption. This article was published in the January magazine "Transparencia y corrupcion" in Mexico City and points out the idea that using freedom of expression as a tool could be successful.

Uno de los muchos sinónimos de la corrupción es el concepto de “echar a perder”, expresión que delata algo construido en común o una idea que no pudo concretarse para beneficio colectivo. Tiene la fuerza de algo que se destruyó en su origen más íntimo: en su pensamiento, en su concepción ideológica.  Una de las cosas que tantas denuncias sobre corrupción en nuestra prensa diaria han logrado es insensibilizar a muchos sobre sus dramáticos efectos sociales, económicos y políticos, pero por sobre todo afirmar la imposibilidad material y espiritual de hacerle frente.

A veces se ha llegado al punto de hablar de una “cultura de la corrupción” como algo inherente a un pueblo, una región o un grupo de ciudadanos, cuando en verdad ni los más críticos a las conformaciones sociales han podido acertar de manera clara sobre quiénes son corruptos o potencialmente corruptibles. Max Weber creía desde su perspectiva protestante que los pueblos católicos estaban condenados a ser corruptos. La prédica prendió tanto que incluso estudiosos como Samuel Huntington lo creen y han afirmado que la experiencia universalista (porque eso quiere decir católico en griego) de la religión que trajeron los españoles a América constituye una de las claves que explicarían los altos niveles de corrupción en esta parte del mundo. Si esto fuera verdad la ultra católica Irlanda no sería hoy el país europeo que más crece y no se hablaría del “milagro celta” para explicar cómo un país tan parecido a nuestras naciones se haya podido levantar del foso en que siglos de predicas inglesas sobre su carácter y personalidad débiles terminaron por convencer a los irlandeses de tales afirmaciones peyorativas. Incluso durante ese tiempo prosperaron, como entre nosotros, la mafia, el Estado corruptor y corruptible, la migración por millones (hoy viven más irlandeses fuera de ese país que dentro de él) pero por sobre todo, afirmaron la convicción de que no se podía salir del fango. Singapur lo vivió en carne propia desde otra perspectiva y con otras influencias culturales. Después de haber sido vendido –sí vendido, por inviable como país a Malasia, y ser conocido como el centro de la piratería marítima y otros delitos y delincuentes que tomaron el país de 42 kilómetros cuadrados como suyo para hacerlo más pobre que Haití—, un buen día decidieron como los irlandeses ir contra su propia historia, desafiar su destino, romper los prejuicios y emerger como una nación viable, próspera y desarrollada. Y lo hicieron hace poco más de 40 años para convertirse hoy en un país con casi nula corrupción y criminalidad y un ingreso per cápita superior al de los estadounidenses antes de la crisis financiera. Estos dos países con dos dimensiones culturales distintas muestran en concreto que las naciones son las que sus ciudadanos quieren que sean. No es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, los pueblos tienen, sin embargo, los gobiernos que se les parecen. El momento en que los ciudadanos quieren algo distinto, puede ser posible sobre demostraciones concretas, como vivir en un ambiente donde la corrupción es castigada, donde la impunidad no tiene espacio y donde la sanción moral y social al corrupto es evidente, al punto que algunas naciones como Japón o Corean encuentran más llevadero el suicidio que la carga de ignominia que la familia del corrupto debe llevar toda su vida. La tolerancia al vivir en un estado de corrupción y no solo una corrupción del Estado, explica muchas veces la consistencia de un modelo que para muchos es el único posible en nuestros países. Cuando esa sensación invade por igual a los intelectuales y legos es que estamos ante un país desmoralizado y al que las defensas se les han caído de tal manera que no comprende la posibilidad de vivir en una sociedad diferente. Promover prácticas correctas, denunciar la falta de apego a las normas, reclamar sanciones a los que incumplen los imperativos sociales del buen-vivir y rechazar el modelo exitoso que muchos corruptos exponen desvergonzadamente son caminos que algunos pueblos decidieron tomar un día, cuando se levantaron contra los designios de imperativo cultural al que le dieron forma de inmutabilidad. No lo lograron de la noche a la mañana, pero sí construyeron defensas éticas a las que les dieron valores y contenido social, económico y político. Los pueblos son más sabios que lo que muchos podemos presumir y comprenden la diferencia entre el bien y el mal con claridad y rechazan la idea de que la única manera de vivir en un país latinoamericano es siendo corrupto o tolerante a la corrupción. Debemos medir el efecto de la impunidad en nuestra sociedad, para que sea posible comparar el daño que causa, debemos ser capaces de repudiar al corrupto incluso en los territorios donde cree no ser visto y menos rechazable. Pero por sobre todo, es necesario mirar que en perspectiva otros pueblos lo pudieron hacer, incluso con mayores limitaciones que nosotros, con más años de ignominia y de estigmas. América Latina aún no ha cumplido 200 años de vida independiente y apenas supera los 500 años del encuentro de dos mundos, creer que las cosas no se pueden y que estamos condenados a vivir en la miseria, pobreza, desolación y amargura que causan la corrupción, es sencillamente haber terminado por transar con aquellos que diariamente nos pretenden hacer creer que no podemos, que no valemos y que culturalmente somos un pueblo corrupto.Ese es el mayor triunfo de la corrupción, porque echa a perder un proyecto, una idea y un sueño de nación. Cuando recuperemos eso sabremos el destino, potenciaremos nuestra identidad y por sobre todo daremos importancia a los valores que hasta ahora, y a pesar de todo, no han podido emerger entre nuestros pueblos.